Fernando Enrique Martínez Rodríguez

El mundo contemporáneo tiende a dar por sentado muchas realidades que las personas del pasado jamás hubiesen imaginado. Desde la abolición de la esclavitud, hasta el sufragio femenino. Resulta especialmente notoria la evolución de la educación de las hijas. Hasta no hace mucho tiempo se consideraba determinante la distinción entre la educación de un hijo y una hija; anecdóticamente, aún se pueden encontrar pensamientos similares en diferentes lugares del mundo occidental.
Pudiese parecer que el avance significativo de la paridad educativa entre hijos e hijas es algo muy reciente, atribuido a la edad contemporánea, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. Si bien es cierto que en el pasado las hijas -y las mujeres, claro está- vivían reprimidas para los estándares de la actualidad, no se puede menospreciar el profundo efecto que trajeron consigo las melodías de ideas que resonaron hasta la contemporaneidad. En este texto, se expondrán los métodos de enseñanza hacia las hijas que se emplearon durante la Edad Moderna, exponiendo implícitamente la gran evolución social que se ha tenido en la materia.
Así, el veneciano Lodovico Dolce, en L'Istituzione delle donne, 1545, expone orgullosamente la forma idónea de criar a una hija. Para él una mujer de bondad será templada, modesta, amorosa y atenderá con diligencia su oficio. Durante la infancia, los primeros juegos de las niñas debían ser únicamente con mujeres, pues la convivencia con niños a temprana edad constituía un riesgo. A su vez, debían familiarizarse con las tareas del hogar pues el fin de la mujer era llegar a gobernar su hogar y, por ende, resultaba importante la temprana exposición a los utensilios.
Toda doncella debía sentir temor y vergüenza, pues ambos constituían los cimientos de la virtud. Para ello, era imprescindible el regaño inmediato por parte de los padres o responsables y estos debían amenazar con diestro término, logrando de tal forma que las hijas temieran qué hablar y decir. Todo esto construía mujeres que solían ser discretas y calladas, pocas veces vistas en público. El último punto constituía uno fundamental de la enseñanza de las hijas, que también se explora en otros moralistas de la Edad Moderna, de los cuales podemos destacar al cura alicantino Pedro Juan Berenguer y al cura francés Noël Antoine Pluche, que dieron fruto a Universal explicación de los mysterios, 1608 y a Espectáculo de la naturaleza, 1732, respectivamente.
Dentro de las anteriores obras podemos destacar que existían muy tenues diferencias con el método de enseñanza de Dolce. Los tres autores, instaban que las mujeres no debían salir nunca de casa, ni a eventos religiosos, sin estar acompañadas de su madre o alguna mujer de valor o confianza, pues se corría un riesgo por la presencia de hombres. Claro está que el riesgo era que en algún encuentro se perdiera la virginidad, misma que era venerada por la tercia de autores como el tesoro más grande de cada mujer. Perderla antes del matrimonio era poner a toda la familia en vergüenza, por tanto, era lógico que las doncellas viviesen en un estado tan retraído.
La virginidad era tan delicada que Dolce le dio una extensión a la definición, donde estipulaba que la virginidad iba más allá del acto: mujer que tiene corrompido el corazón, no es virgen aunque no haya tenido sexo. De todo lo anterior, se deduce el porqué tampoco se recomendaba que la mujer fuese muy ostentosa ni en su forma de vestir, ni de maquillar y el porqué se prohibía que las mujeres socializasen con otros hombres desde su niñez. La doncella debía entonces estar enfocada únicamente en sus labores domésticas, incluyendo la labor de las manos y el culto a Dios. Sin embargo, las labores no sólo consistían en los quehaceres domésticos, sino que, los tres autores instaban que las mujeres debían aprender a leer desde temprana edad, algo totalmente progresista.
Dolce, Berenguer y Pluche sostenían que los primeros libros a leer habrían de ser religiosos y, después, en edad más avanzada, se atrevieron hasta recomendar leer ciertos filósofos como Platón o Cicerón y poetas como Virgilio o Dante. Inclusive, Pluche sugirió que las niñas también aprendiesen a escribir e, incluso, a contar. Lo anterior fue un paso importante que refleja el cambio de siglo hacia el XVIII.
Es quizá muy sencillo juzgar las doctrinas de enseñanza del pasado sin un análisis crítico del tiempo en el cual fueron escritas. A pesar de las lecciones radicales que resultan inaceptables en la actualidad, podemos destacar que la insistencia por enseñar a leer, escribir y contar, significó un avance crucial para la educación de las mujeres. Estos pensamientos fueron semillas que dieron fruto a un mundo donde hombres y mujeres son, en gran medida, educados de la misma manera en el mundo occidental. Se habla de un periodo de tres siglos -insignificancia histórica de tiempo- en el cual se produjo un avance de pensamiento destacable. Las reflexiones de los autores no solamente son cuestión del pasado, sus ecos han llegado hasta la actualidad y son un recordatorio de cuánto se ha avanzado, pero también de estar siempre dispuestos a admitir que queda mucho camino por recorrer.